Libertades en crecimiento

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Miembros del club cannábico CLUC, reunidos en asamblea

Es necesario establecer diálogos entre los diferentes clubes cannábicos para presentar demandas conjuntas al Estado.

Gustavo, miembro del club cannábico CLUC

 

Son las cuatro de la tarde y una espesa niebla cubre los tejados del centro de Montevideo. Bien arropada por el invierno austral, la ciudad enfrenta una anómala primavera en pleno mes de julio: la de los nacientes clubes cannábicos, que comienzan a germinar en la capital y en otros puntos del país, al calor de la ley aprobada en diciembre de 2013 y reglamentada a comienzos de mayo.

El citado reglamento, que por el momento sólo afecta al cannabis con fines de consumo recreativo, autoriza “la plantación, cultivo y cosecha de plantas de cannabis de efecto psicoactivo realizados por clubes de membresía para el uso de sus miembros”. Los clubes tendrán entre 15 y 45 miembros, todos ellos mayores de edad y ciudadanos o residentes permanentes en Uruguay.

Integrante de CLUC repasa el texto del acta fundacional del club
Integrante de CLUC repasa el texto del acta fundacional del club

Siguiendo estos criterios, en las últimas semanas se han inscrito ante el Ministerio de Educación y Cultura uruguayo varios clubes cannábicos, bajo la forma de “asociaciones civiles” que exige la ley. Como tales, han presentado todos los requerimientos: actas fundacionales, documentos de sus asambleas, estatutos de la asociación… Una nebulosa burocrática en la que el club CLUC (Cultivando Libertad Uruguay Crece) ha sido uno de los pioneros.

“Proponemos un modelo participativo, innovador y viable“, expone durante una asamblea Martín, uno de los miembros del club, minutos antes de partir con algunos de los libros de registro bajo el brazo. “Son para unos compañeros que están montando otra asociación en el Cerrito de la Victoria, en Montevideo. Vamos a mostrárselos para que vean el proceso que seguimos nosotros”, explica.

El asesoramiento a otros grupos y la comunicación entre las diferentes asociaciones cannábicas serán fundamentales en esta fase de germinación del movimiento. Hay quien plantea crear pronto una federación de clubes cannábicos uruguayos, que unifique todas sus demandas y sirva de altavoz frente a los interlocutores gubernamentales.

“Por supuesto que cada club va a gestionarse de manera autónoma. Nosotros proponemos un modelo participativo, horizontal, donde todos los miembros colaboran en las tareas y no tenemos jerarquías. Esto influye, por ejemplo, en que las cuotas mensuales que debe pagar cada miembro sean menores”, comenta Gustavo, otro de los participantes en la reunión.

En efecto, las aportaciones que propone CLUC a sus 45 miembros son de alrededor de 650 pesos uruguayos -unos 27 dólares- al mes. Otras organizaciones, como la Asociación de Estudios Cannábicos de Uruguay (AECU), que también ha registrado un club cannábico, propone una cuota de inscripción de alrededor de 300 dólares, más un pago mensual de 1.500 pesos uruguayos (64 dólares).

El pago de la cuota dará derecho a los miembros de las asociaciones a recibir un máximo de 40 gramos mensuales de la marihuana que se cultive en el club, así como a participar en las actividades que se organicen. Pero, además, comportará ciertos deberes.

Un nuevo miembro de CLUC añade sus datos al registro
Un nuevo miembro de CLUC añade sus datos al registro

“Pertenecer a una asociación civil también supone compromisos con las tareas a desarrollar. Hay que insistir en la participación de todos los integrantes, y como mínimo habrá una reunión general cada mes en la que estén presentes todos los miembros para la toma de decisiones en asamblea”, comenta otra de las participantes.

De momento, la disposición de los miembros de CLUC para el trabajo es buena, y la mayor parte de ellos se han anotado para formar parte de una o más comisiones internas: de comunicación, producción de la planta, formación, investigación y hasta planificación de actividades lúdico-recreativas. Y los presentes en la asamblea no dejan de añadir propuestas.

Puertas al campo

Pero la programación de actividades en los clubes cannábicos cuenta con una barrera fundamental: según el decreto reglamentario, todas sus tareas estarán “dirigidas exclusivamente a sus integrantes”. 

Para los miembros de CLUC, esta limitación hace que se pierda la potencialidad del club de incidir en la sociedad civil y comunicarse con otros agentes, sean o no usuarios de cannabis, para informarlos sobre temas como el consumo responsable o técnicas de autocultivo. “El club debe ser un eje para la transferencia de conocimientos”, señalan.

Otro de los límites del actual reglamento prohíbe el desarrollo de actividades fuera de la sede del club, que deberá ser un único espacio donde se desarrollarán todas las tareas, “incluyendo la plantación, cultivo, cosecha, procesamiento y distribución” del cannabis psicoactivo.

Desde CLUC reconocen la dificultad de encontrar lugares que permitan el funcionamiento de una asociación civil -con espacios para las asambleas, talleres formativos, etc.- y al mismo tiempo la mecánica de una plantación, sea de interior o de exterior, que podrá llegar a tener hasta 99 plantas.

Además, en caso de no tener la vivienda en propiedad, hay que contar con la autorización del arrendador. Alguien propone comenzar a reunirse con las agencias inmobiliarias para elaborar un documento de consentimiento informado que sirva para los propietarios de viviendas en las que vaya a instalarse la sede de un club cannábico.

Despejar las incógnitas

La legislación no establece ningún límite acerca del tipo de semillas que podrán cultivarse en los clubes cannábicos, siempre y cuando todas ellas sean registradas en el Instituto Nacional de Semillas de Uruguay. Está previsto además que las semillas registradas tengan una “trazabilidad”, es decir, que se pueda hacer un seguimiento de a nombre de quién están registradas esas semillas y qué uso se les está dando.

En total, las 99 plantas no podrán producir una cosecha anual superior a 480 gramos de marihuana. Pero no está establecida cuál debe ser la salida legal en caso de que se produzca un excedente de producción, y tampoco se ha discutido qué hacer con los restos de la planta del cannabis, aprovechables para fines industriales, una vez se hayan cosechado las flores para su consumo recreativo.

“La reglamentación es muy restrictiva y cambia el espíritu de la ley, haciendo un énfasis en la regulación”, opina uno de los miembros de CLUC. “Pero todavía quedan muchos puntos por resolver, y estamos esperando a las pautas que establezca el IRCCA (Instituto de Regulación y Control del Cannabis)”.

Mientras se despeja la neblina sobre algunos aspectos de su funcionamiento, los clubes ya se han puesto manos a la obra. Agosto les sorprenderá en plena faena, con una siembra de la que prevén cosechar sus frutos hacia el mes de diciembre, con el inicio del verano en el hemisferio sur.

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